miércoles, 30 de noviembre de 2011

De cómo se revoluciona la mente... si la dejamos...


Comienza con una de tus preguntas, que saltan de tu mente en una reflexión a la que te llevó una tarea, una lectura o una canción, un comentario o una imagen, qué se yo... Una pregunta que a medias tintas parece corriente, común, casual. Yo respondo, con un conocimiento de causa ya sea personal, filosófico, hipotético, ético; y tras la respuesta viene otra pregunta, tal vez más aguda que la anterior, tal vez no.
Para esto,  lo que viene es una respuesta que trata de superar a la anterior; vuelve a ser insuficiente pues surgen más dudas; yo respondo, titubeando, sin saber bien si responder científica, personal, filosófica o qué 'mente'. Y más dudas afloran; a razón de curiosidad, de un ardid intelectual, de esos que nos dan a todos a veces, efervescen más preguntas, pujan, me empujan y me arrinconan en un lugar en donde desconozco si le preguntas a otro ser humano, a mi persona o a un algoritmo codificado tras una pantalla fulgorienta que emula responder con cierta auto conciencia; así, presionado, respondo, para encontrarme con esas peligrosas muletillas de "no sé" o algo similar; pregunto, sondeo, ahora yo, de dónde viene esto, por qué viene y para qué. Te interrumpo, "ya no escucho". Te amedrentas y yo insisto en saber, en juntar las migajas y saber de qué se trata...
Reclamas tu espacio y prosigues; yo ya no tengo ganas de preguntar, de intervenir, porque justo cuando estoy meditando los pedazos de esta película sin edición, me encuentro con que videas que me siento ofendido, agravado, enojado... Y es ahí. Ahí cuando hay un vado de tranquilidad, de detener ese huracán de preguntas, esa tormenta de respuestas, conjugados en una suerte de vorágine que solemos llamar discusión
Buena o mala, sentida o frívola, no  importa, discusión con sus letras finalmente...
Y afirmas... que me molesto.


¿Por qué?